La leyenda de los gules
Los gules en la mitología árabe
Mucho antes de que los europeos dieran nombre a las montañas del Rif, antes incluso de que sus ejércitos penetrasen en aquellas tierras, los pueblos del norte de África ya contaban historias acerca de criaturas que aguardaban en los lugares donde el hombre no debía aventurarse.
Los árabes las llamaban ghūl, y a su estirpe, ghīlān.
Según las antiguas creencias, los gules pertenecían al oscuro y numeroso mundo de los yinn, seres anteriores al hombre que habitaban una realidad invisible y compartían con este el mundo creado. Pero mientras algunos yinn podían convivir con los humanos o simplemente ignorarlos, los gules pertenecían a aquellos espíritus que habían hecho de los hombres sus víctimas.
Su territorio eran los lugares abandonados: desiertos, montañas, ruinas, cementerios, cuevas y caminos solitarios. Allí esperaban la llegada de viajeros que se hubiesen separado de sus compañeros o que hubieran cometido la imprudencia de continuar su camino después del anochecer.
Sin embargo, el gul rara vez atacaba inmediatamente.
Su arma más peligrosa era el engaño.
Las historias afirmaban que podía alterar su apariencia y presentarse bajo distintas formas. En ocasiones parecía un animal; en otras, un viajero perdido. Las leyendas hablaban también de gules que adoptaban el aspecto de una hermosa mujer para atraer a los hombres lejos del camino. Quien seguía aquellas apariciones terminaba internándose cada vez más en tierras desconocidas hasta descubrir, demasiado tarde, la verdadera naturaleza de su guía.
Entonces el gul abandonaba el engaño.
Bajo aquellas apariencias se ocultaba una criatura monstruosa, vinculada a la noche y poseída por un hambre terrible. Algunas tradiciones aseguraban que devoraba a aquellos a quienes conseguía atrapar y que incluso podía alimentarse de cadáveres, razón por la que cementerios y campos de batalla terminaron convirtiéndose en lugares especialmente asociados a su presencia.
Pero las historias sobre los gules nunca fueron completamente iguales. Unos viajeros los describían enormes y deformes; otros aseguraban haberlos visto casi humanos. Algunas tradiciones hablaban de garras, colmillos o cuerpos monstruosos. Otras advertían de que, por perfecta que fuese la apariencia adoptada por la criatura, había partes de su cuerpo que podían delatarla.
Quizá esa contradicción fuera precisamente parte de su naturaleza.
Con la llegada del islam, las antiguas supersticiones sobre los ghīlān no desaparecieron completamente. Fueron reinterpretadas dentro de un mundo en el que los yinn seguían teniendo cabida. Incluso las tradiciones religiosas conservaron el recuerdo de aquellas criaturas, aunque rechazaron buena parte de los poderes que antiguamente se les atribuían. Frente al terror que provocaban, la fe y el recuerdo de Dios eran considerados protección contra sus engaños.
Y así sobrevivieron las historias.
Durante generaciones, cuando alguien desaparecía en una montaña, cuando una caravana encontraba un cadáver inexplicablemente mutilado o cuando desde una cueva llegaban sonidos que nadie sabía reconocer, los ancianos recordaban las mismas advertencias.
No abandones el camino.
No sigas una voz que te llame desde la oscuridad.
Y si algo con apariencia humana te observa desde las montañas durante la noche, no confíes en que realmente lo sea.
En las tierras salvajes del Rif aquellas historias nunca llegaron a desaparecer.
Porque algunas leyendas nacen para explicar aquello que los hombres temen.
Y otras nacen porque alguien consiguió sobrevivir para contarlas.
