La Criatura

El Islote de los Gigantes

Mucho antes de que la maldición destruyera a la tripulación de El Lieja, Hendrik van der Decken ordenó fondear junto a un pequeño islote perdido en el Caribe. Necesitaban agua y realizar algunas reparaciones, y desde el mar aquel lugar parecía poco más que una extensión de roca negra cubierta por una vegetación espesa. No figuraba en sus cartas y no había señal alguna de presencia humana.

Los hombres que desembarcaron descubrieron muy pronto la razón. Entre las rocas encontraron huellas enormes y restos de caparazones que al principio confundieron con formaciones naturales. Después escucharon el sonido: un golpeteo seco y pesado que avanzaba entre la vegetación. Cuando aquello apareció ante ellos comprendieron que se encontraban frente a un cangrejo de proporciones monstruosas. Su cuerpo se alzaba sobre unas patas gruesas y poderosas, mientras sus enormes pinzas parecían capaces de partir a un hombre por la mitad.

Y no estaba solo.

Otros ejemplares comenzaron a surgir entre las rocas y las aguas poco profundas. Los marineros dispararon sus mosquetes, pero las balas apenas parecían afectar a aquellos gruesos caparazones. Los hombres de El Lieja huyeron hacia sus botes, perseguidos hasta la orilla por las criaturas, y varios estuvieron a punto de morir antes de conseguir regresar al barco.

Fue durante aquella retirada cuando Hendrik vio algo mucho más pequeño escondido entre unas rocas cercanas a la playa. Era una cría. Aunque apenas había comenzado a desarrollarse, poseía ya las mismas pinzas desproporcionadas y el mismo caparazón de los gigantes que dominaban el islote.

Hendrik decidió llevársela. Quizá fue simple curiosidad. Quizá vio en aquel animal algo que despertó su interés. Fuera cual fuese la razón, ordenó a dos de sus hombres que la atraparan antes de embarcar.

La cría subió así a bordo de El Lieja. Al principio pudo mantenerse encerrada en una caja reforzada y alimentarse con pescado y restos de carne. Pero los meses pasaron y comenzó a crecer con una rapidez inquietante. Primero hubo que sustituir la caja por una jaula y, más adelante, Hendrik ordenó acondicionar para ella un espacio propio en la parte baja del barco. La tripulación aprendió pronto a mantenerse apartada de sus pinzas.

Hendrik, sin embargo, nunca pareció temerla. Había alimentado al animal desde que era una cría y este parecía reconocerlo. Permitía que el capitán se acercase y reaccionaba de forma muy diferente ante su presencia que ante la del resto de los hombres. Con el tiempo dejaron de referirse a ella como un simple cangrejo. La llamaron La Criatura.

Un Guardián entre el naufragio

Cuando El Lieja emprendió su última travesía en busca de la Isla del Loro, La Criatura continuaba a bordo. Permaneció allí mientras la maldición del mapa comenzaba a enfrentar a los hombres y mientras la tripulación se destruía poco a poco. Estuvo también en el barco cuando Hendrik y su segundo terminaron acuchillándose mutuamente.

Después llegó el naufragio. Cuando El Lieja fue arrastrado contra los arrecifes de la Isla de la Anguila, La Criatura sobrevivió. El mar destrozó parte del casco y arrojó hombres y restos contra la costa, pero aquel animal nacido junto al océano consiguió alcanzar las rocas.

Los últimos supervivientes de la tripulación murieron y el pecio quedó abandonado. La Criatura, en cambio, encontró allí un nuevo hogar. Se refugió entre las partes inundadas del navío, los arrecifes y las grietas de la costa. Disponía de peces, aves y cualquier animal que se acercase demasiado para alimentarse.

Y siguió creciendo. Pasaron los años y el pequeño cangrejo que Hendrik había recogido en aquel remoto islote terminó convertido en una criatura gigantesca, protegida por un caparazón formidable y armada con unas pinzas capaces de destrozar a cualquiera que se aproximase.

Nunca abandonó los restos de El Lieja. Quizá continuaba considerando aquel barco su guarida. Quizá todavía reconocía entre las maderas podridas el lugar donde había crecido. Fuera cual fuese la razón, terminó convirtiéndose en el guardián del naufragio.

Por las noches, los fantasmas de Hendrik y sus hombres continuaban recorriendo los restos del navío, condenados por la maldición que los había destruido. La Criatura caminaba entre ellos sin miedo. Había conocido aquellas voces cuando todavía pertenecían a hombres vivos.

Entre todos los condenados que custodiaban el naufragio, La Criatura era la única que seguía viva.
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