La Leyenda de Pero Niño
El corsario del rey
Mucho antes de convertirse en una sombra temida por los marineros, Pero Niño fue uno de los grandes hombres de armas de Castilla. Nacido hacia 1378 y criado cerca de la corte, aprendió desde muy joven aquello que se esperaba de un caballero: montar, combatir con espada, manejar la ballesta y buscar honor en la guerra. Sin embargo, sería el mar el que terminaría forjando su leyenda.
En 1404, Enrique III de Castilla puso bajo su mando una pequeña fuerza naval destinada a combatir la piratería y proteger los intereses castellanos en el Mediterráneo. Pero Niño partió hacia aquellas aguas como guerrero antes que como marino, pero aprendió rápidamente las leyes de la guerra en el mar. Sus galeras recorrieron las costas de Granada y Berbería, navegaron frente a Orán y Túnez y llegaron hasta Marsella, Córcega y Cerdeña. Persiguió corsarios, abordó embarcaciones, tomó cautivos y dirigió desembarcos contra poblaciones enemigas. Allí donde encontraba resistencia respondía con las armas; allí donde encontraba riqueza reclamaba su parte del botín.
La frontera entre el corsario que servía a su rey y el hombre que vivía del saqueo se hizo cada vez más estrecha. Después llegaron las campañas del Atlántico. Castilla combatía junto a Francia contra Inglaterra y Pero Niño llevó sus galeras hasta La Rochela, Guyena y las propias costas inglesas. Sus hombres desembarcaban, atacaban y regresaban a sus barcos antes de que el enemigo pudiera reunir fuerzas suficientes para responder. Cada victoria aumentaba su fama y también su orgullo. Pero Niño había sobrevivido a tempestades, heridas, abordajes y enemigos muy superiores en número. Comenzó a convencerse de que la fortuna pertenecía a aquellos suficientemente valientes para tomarla y que pocas cosas podían negársele a un hombre dispuesto a conquistarlas.
La maldición de Amina al-Qadima
Fue durante una de aquellas correrías por el Mediterráneo cuando Pero Niño cometió el acto que terminaría persiguiéndolo mucho después de su muerte. Sus hombres avistaron varias embarcaciones que, por su aspecto y rumbo, confundieron con pequeños mercantes. Parecían una presa sencilla y el castellano ordenó darles caza esperando encontrar mercancías, monedas o cautivos por los que pudiera exigirse un buen rescate.
Los barcos apenas ofrecieron resistencia. Cuando los hombres de Pero Niño los abordaron descubrieron su error. No eran mercantes. En ellos viajaban varias familias pertenecientes a una misma tribu: ancianos, mujeres y niños acompañados por unos pocos hombres. Entre aquellos niños se encontraba una pequeña llamada Marabi, que contempló aterrorizada cómo los castellanos registraban las embarcaciones buscando un tesoro que no existía.
No encontraron prácticamente nada. Aquellas gentes llevaban alimentos, agua, ropas y unas pocas pertenencias personales. Pero Niño había perdido tiempo y provisiones persiguiendo una presa que no podía ofrecerle beneficio alguno y descargó sobre ellos su frustración. Ordenó apoderarse de cuanto pudiera resultar útil, quedarse con sus embarcaciones y conducir a las familias hasta una costa desierta y apartada de cualquier población. Allí fueron abandonadas con escasos víveres y sin medios para regresar al mar.
Entre los abandonados se encontraba Amina al-Qadima, una de las ancianas más respetadas de la tribu. Cuando las galeras castellanas comenzaron a separarse de la costa, Amina caminó hasta la orilla. La pequeña Marabi permanecía entre los supervivientes y escuchó cada una de sus palabras.
La anciana llamó a Pero Niño por su nombre y pronunció su condena:
«Hijos engendrará tu sangre, Pero Niño, mas ninguno de aquellos que crezcan bajo tu techo llegará a sobrevivirte.»
Pero Niño se rio. Había escuchado demasiadas amenazas y maldiciones pronunciadas por sus víctimas para temer las palabras de una anciana abandonada en una playa. Dio orden de desplegar las velas y dejó a aquellas familias atrás. Amina permaneció inmóvil contemplando las galeras desaparecer en el horizonte. A su lado, Marabi no olvidaría jamás aquel día ni el rostro del hombre que había condenado a su pueblo a morir en aquella costa.
Una maldición mal entendida
Los años pasaron y las palabras de Amina comenzaron a perseguir a Pero Niño. La desgracia parecía cebarse con los hijos que crecían junto a él y el castellano terminó convencido de haber comprendido la condena: ningún hijo nacido de su sangre estaba destinado a sobrevivir. No importaba cuántos tuviese ni con qué mujer los engendrase; para él, la anciana había condenado su descendencia y su nombre terminaría desapareciendo con su muerte.
Lo que comenzó como desprecio se convirtió primero en temor y después en odio. Pero Niño maldijo a Amina, maldijo su propio sino y llegó incluso a maldecir a Dios por permitir que un hombre que había sobrevivido a guerras, tempestades y abordajes pudiera ser derrotado por unas palabras pronunciadas en una costa olvidada.
Pero Niño había entendido únicamente una parte de la condena. Sus hijos podían sobrevivir. Lo que no podían era crecer bajo su techo.
La maldición estaba ligada al propio Pero Niño. Cualquier hijo que fuese criado por él, que creciera en su casa y permaneciera bajo su techo, estaba condenado a morir antes que su padre. Pero un hijo criado lejos, que jamás permaneciese bajo su techo y al que Pero Niño nunca llegase a criar, quedaba fuera del alcance de la maldición.
Y Pero Niño jamás llegó a comprenderlo.
Isabel de Villaseca y la hija oculta
Sin que Pero Niño llegara a saberlo, Isabel de Villaseca había dado a luz una hija suya. Isabel conocía demasiado bien al hombre que se escondía detrás del caballero celebrado por las crónicas. Conocía su orgullo, su violencia y aquella peligrosa costumbre de considerar suyo todo aquello sobre lo que podía imponer su voluntad. También había escuchado los rumores acerca de la terrible maldición que perseguía a sus hijos.
Temiendo por la vida de la pequeña, Isabel buscó a alguien capaz de explicarle qué significaban realmente las palabras de Amina. Así llegó hasta Madame Marabi.
La niña que había presenciado el abandono de su pueblo era ahora una mujer y recordaba perfectamente la maldición pronunciada aquel día. Cuando Isabel le confesó quién era el padre de su hija, Marabi comprendió inmediatamente el peligro y le reveló aquello que Pero Niño nunca había sabido interpretar.
La niña no estaba condenada por llevar su sangre. La condición impuesta por Amina era mucho más concreta: jamás debía crecer bajo el techo de Pero Niño ni ser criada por él. Mientras permaneciera lejos de su casa, la maldición no tendría poder sobre ella.
Pero si Pero Niño descubría que tenía una hija, la reclamaba y comenzaba a criarla como propia, la niña estaría condenada a morir antes que él.
Isabel conocía suficientemente bien la vileza y el carácter posesivo de Pero Niño para comprender el peligro. Si alguna vez descubría la existencia de la pequeña, no permitiría que permaneciese lejos de él. La reclamaría como parte de su sangre y de su linaje.
No podía permitirlo. Con la ayuda de Madame Marabi, Isabel huyó de España junto a su hija. Dejó atrás cuanto pudiera conducir hasta ellas y cruzó el océano, alejándose todo lo posible del hombre al que temía. Pero Niño nunca supo dónde habían ido. Ni siquiera llegó a saber que aquella niña existía.
Nunca estuvo bajo su techo. Nunca pudo criarla. Y por eso sobrevivió. La hija de Isabel llegó a adulta, tuvo sus propios hijos y dio comienzo a una descendencia que continuaría durante generaciones. Mientras tanto, Pero Niño siguió viendo morir a aquellos hijos que permanecían junto a él y terminó sus días convencido de que Amina había condenado toda su sangre.
El capitán que no encontró puerto
Pero Niño envejeció convencido de que la anciana lo había derrotado. Había ganado batallas, obtenido títulos, tierras y riquezas y conseguido que sus hazañas quedaran escritas para la posteridad. Había sobrevivido a enemigos, heridas y tempestades, pero no había logrado escapar de unas palabras pronunciadas décadas atrás.
Durante sus últimos años maldijo una y otra vez su sino. Maldijo a Amina, maldijo su propia sangre y maldijo a cuantos consideraba responsables de que su nombre estuviera condenado a desaparecer. Alimentó durante tanto tiempo aquel rencor que, cuando finalmente llegó la muerte, su alma fue incapaz de abandonar este mundo.
Pero Niño no partió al más allá. Quedó atrapado entre el mundo de los vivos y el de los muertos.
Y el mar, escenario de sus mayores glorias y también de algunas de sus mayores vilezas, terminó convirtiéndose en su prisión.
Con el paso de los años comenzaron a circular historias sobre un navío que aparecía entre bancos de niebla y tempestades. Ningún astillero lo había construido y ningún puerto conocía su bandera. Navegaba contra el viento y atravesaba tormentas que habrían despedazado cualquier embarcación de los vivos. Sus velas estaban desgarradas, la madera de su casco parecía ennegrecida por siglos de agua salada y sobre su cubierta caminaban hombres que ya no pertenecían a este mundo.
Eran almas atrapadas como él: marineros ahogados, asesinos, traidores, corsarios y condenados que por una razón u otra habían sido incapaces de cruzar al otro lado. Poco a poco se convirtieron en su nueva tripulación. Ninguno podía abandonar definitivamente aquel barco y ninguno encontraba jamás el puerto que pondría fin a su viaje.
Y al frente de todos ellos permanecía Pero Niño.
Los años se convirtieron en décadas y las décadas en siglos. Los reinos cambiaron, nuevas banderas aparecieron sobre los mares y los barcos que Pero Niño había conocido en vida desaparecieron. Pero él continuó navegando, prisionero de su odio y convencido de que su sangre había desaparecido para siempre.
Hasta que descubrió la verdad.
El niño que cruza el Atlántico
Nadie sabe cómo llegó la noticia hasta el barco de los muertos. Quizá una nueva alma condenada habló al subir a bordo. Quizá los muertos escuchan secretos que los vivos creen enterrados. O quizá la propia maldición quiso atormentar una vez más al hombre al que llevaba siglos persiguiendo. Pero Pero Niño finalmente lo supo.
Isabel de Villaseca había tenido una hija suya. Había escapado de España antes de que él conociera su existencia. Aquella niña jamás había crecido bajo su techo y Pero Niño nunca había podido criarla. Por eso Amina no había podido reclamar su vida. La hija de Isabel había crecido, había tenido hijos y sus descendientes habían continuado aquella línea de sangre generación tras generación.
Fue entonces, siglos después de su muerte, cuando Pero Niño comprendió por fin el verdadero significado de la maldición. No eran sus hijos quienes estaban condenados. Era él quien los condenaba.
Mientras un descendiente suyo creciera lejos de él podía vivir. Solo aquellos hijos que permanecieran bajo su techo y fueran criados por Pero Niño estaban destinados a morir. Y ahora sabía algo más. Uno de los descendientes de aquella hija estaba cruzando el Atlántico.
Después de siglos creyéndose el último de su sangre, Pero Niño descubrió que su linaje había sobrevivido. Cualquier otro hombre habría encontrado esperanza en aquella revelación. Pero la muerte no había borrado aquello que había provocado su condena. Su orgullo, su soberbia y el convencimiento de que podía apropiarse de cuanto desease seguían intactos. Aquel niño llevaba su sangre. Era descendiente suyo. Y en la mente torcida del viejo capitán aquello solo podía significar una cosa: le pertenecía.
El navío de los condenados cambió de rumbo. Desde entonces, entre las tormentas y bancos de niebla del Atlántico, algunos marineros aseguran haber visto un barco que no pertenece a este mundo navegando hacia poniente. Sobre su cubierta aguarda una tripulación de almas que jamás alcanzará puerto y, junto al timón, un hombre muerto hace siglos contempla el horizonte.
Pero Niño sabe que uno de sus descendientes viene de camino al Caribe. Y después de siglos navegando entre este mundo y el otro, ha decidido interceptarlo antes de que llegue a su destino.
