El viaje de Malefique

Cuba — El origen de Esteban de la Caridad Montalvo

Esteban de la Caridad Montalvo abandonó Cuba llevando consigo mucho más que el recuerdo de su familia. Desde niño había crecido escuchando la historia de su abuelo, el poderoso brujo derrotado y capturado por el joven cabo Enrique Martínez Albadalejo en una iglesia perdida entre la jungla. Aquella derrota se había convertido entre los Montalvo en una herida transmitida de generación en generación.

Pero Esteban no quería limitarse a vengarla. Estaba convencido de que su abuelo había descubierto algo importante: la magia podía convertirse en un arma capaz de alterar el curso de una guerra. Su fracaso se debía, según él, a que había intentado levantar su dominio demasiado pronto, aislado y sin conocer la verdadera profundidad de las fuerzas que pretendía controlar.

Por ello decidió buscar las raíces de aquellos conocimientos.

Reunió los cuadernos, anotaciones y objetos rituales que habían sobrevivido a la caída de su abuelo y abandonó Cuba. En aquellas páginas aparecían nombres incompletos, símbolos cuyo significado se había perdido y referencias a ritos procedentes del otro lado del Atlántico.

Todas las pistas apuntaban hacia África.

Costa occidental de África — Primeros ritos y rumores

Tras cruzar el océano, Esteban llegó a las costas occidentales del continente. Durante meses se desplazó entre puertos, mercados y pequeños asentamientos, buscando cualquier noticia relacionada con los símbolos que había encontrado en los escritos familiares.

Pronto comprendió que los conocimientos conservados en Cuba eran apenas fragmentos de tradiciones mucho más antiguas.

Aprendió a distinguir entre simples supersticiones y prácticas capaces de producir efectos que desafiaban cualquier explicación racional. Escuchó historias sobre hombres que podían hablar con los muertos, venenos que parecían robar la voluntad y ceremonias en las que ciertos animales eran considerados intermediarios entre el mundo de los vivos y aquello que se ocultaba más allá.

Esteban comenzó también a transformarse.

Ya no era únicamente el descendiente de un viejo brujo cubano. Poco a poco adquirió reputación propia. Compraba información cuando podía, intercambiaba conocimientos cuando encontraba a alguien dispuesto a compartirlos y recurría a métodos mucho menos amables cuando alguien intentaba engañarlo.

Su búsqueda terminó llevándolo hacia el sur.

Golfo de Guinea — Templos y saberes prohibidos

Esteban se internó lejos de los principales enclaves coloniales, siguiendo relatos sobre santuarios ocultos y comunidades que todavía conservaban ceremonias prohibidas incluso entre sus propios vecinos. Allí encontró algunas de las respuestas que llevaba años buscando.

Descubrió que muchos de los ritos de su abuelo habían sido versiones incompletas de prácticas mucho más complejas relacionadas con la muerte, la posesión y la transformación del cuerpo. Aprendió que ciertos preparados podían conducir a un hombre hasta un estado próximo a la muerte y que determinadas ceremonias permitían quebrar la voluntad de quienes sobrevivían a ellas.

También descubrió algo todavía más inquietante: algunos hechiceros afirmaban que la muerte no constituía necesariamente el final de la obediencia.

Aquello confirmó las sospechas que habían acompañado a Esteban desde Cuba.

Los mambises que su abuelo había levantado en aquella iglesia no habían sido un milagro aislado.

Eran una técnica.

Y podía perfeccionarse.

África central — Brujería antigua y seguidores

Cuanto más se internaba en el continente, más peligroso se volvía el viaje. Pero también aumentaba la fama de aquel extranjero que preguntaba por conocimientos que otros evitaban siquiera mencionar.

Fue durante esta etapa cuando Esteban comenzó a reunir a su alrededor a quienes más tarde formarían el núcleo espiritual de su culto.

Entre ellos se encontraban tres hechiceros particularmente temidos: Mchawi Buibui, asociado a la araña y experto en trampas, venenos y designios ocultos; Mchawi Nyoka, vinculado a la serpiente y guardián de numerosos secretos relacionados con los tóxicos y la transformación ritual; y Mchawi Mun, cuya magia estaba ligada a la astucia, la violencia y el comportamiento imprevisible del mono.

Ninguno de ellos era un simple discípulo.

Cada uno poseía sus propias tradiciones y sus propios intereses. Pero los tres reconocieron en Esteban una voluntad extraordinaria y, sobre todo, una ambición muy diferente a la de los demás hechiceros que habían conocido.

Esteban no pretendía utilizar aquellos conocimientos para proteger una aldea, enriquecerse o resolver disputas entre familias.

Pretendía construir algo.

Fue durante estos años cuando comenzó a utilizar cada vez con mayor frecuencia el nombre de Barón Malefique.

El hombre que había salido de Cuba empezaba a desaparecer.

Golfo de Guinea — Templos y saberes prohibidos

La siguiente etapa condujo a Malefique hacia la costa oriental africana.

Allí encontró un mundo diferente. Los grandes puertos conectaban territorios separados por miles de kilómetros y permitían que mercancías, hombres e historias viajaran entre regiones muy alejadas. En tabernas, almacenes, mercados y embarcaderos convivían marineros, comerciantes, contrabandistas y aventureros procedentes de lugares muy distintos.

Malefique comprendió rápidamente el valor de aquellas redes.

Su viaje ya no consistía únicamente en acumular conocimientos mágicos. Comenzó también a aprender cómo mover personas, armas y mercancías sin llamar la atención de las autoridades. Estableció contactos con comerciantes dispuestos a transportar cualquier cosa por el precio adecuado y con hombres capaces de atravesar fronteras que apenas existían sobre el terreno.

También empezó a atraer seguidores que nada tenían que ver con la hechicería.

Mercenarios, criminales, desertores y hombres sin patria encontraron en él una mezcla extraña de líder, profeta y caudillo. Algunos creían verdaderamente en sus poderes. Otros simplemente habían comprendido que seguir al Barón podía resultar más rentable que combatirlo.

Poco a poco, la peregrinación de un brujo comenzó a parecerse al desplazamiento de una pequeña corte.

Malefique ya no viajaba solo.

El Magreb — El camino hacia el norte

Las noticias procedentes del norte terminaron por atraer su atención.

En el Magreb, las tensiones entre las potencias europeas, las autoridades locales y las poblaciones sometidas habían creado un territorio inestable. Pero era todavía más al oeste donde una guerra ofrecía exactamente aquello que Malefique llevaba años buscando. El Rif ardía.

España intentaba mantener su dominio sobre una región montañosa donde cada avance podía convertirse en una emboscada. Las tribus rifeñas combatían contra la presencia colonial y enormes extensiones de territorio escapaban al control efectivo de cualquier autoridad. Malefique comenzó a estudiar el conflicto con enorme interés.

Por primera vez comprendió que podía reproducir el proyecto que su abuelo había intentado llevar a cabo en Cuba. La situación era incluso mejor.

Había una guerra abierta, un territorio difícil de controlar, una población hostil a las potencias extranjeras y suficientes muertos para alimentar algunas de las prácticas que había aprendido durante su viaje.

Además, España estaba allí. La misma España contra la que había combatido su abuelo. Y entre los oficiales destinados al norte de África se encontraba todavía aquel apellido que había escuchado durante toda su infancia: Albadalejo..

El Rif — El pacto con la Reina Gul

Cuando Barón Malefique llegó finalmente al Rif, comprendió que había encontrado el lugar que llevaba años buscando. La guerra había quebrado el control de las autoridades, las montañas ofrecían refugios casi inaccesibles y el odio hacia la presencia española proporcionaba el terreno perfecto para comenzar a levantar su propio dominio.

Pero Malefique descubrió pronto que en aquellas tierras actuaban fuerzas que nada tenían que ver con la guerra entre españoles y rifeños.

Tras el desastre de Annual comenzaron a circular historias sobre patrullas desaparecidas, cadáveres devorados y hombres que, después de haber sido dados por muertos, habían sido vistos vagando por las montañas. Muchos hablaban también de una criatura conocida como Aisha Tinnhak Taarnher, la Reina Gul, una poderosa hechicera que gobernaba sobre una tribu de seres necrófagos ocultos en los lugares más remotos del Rif. Malefique decidió encontrarla.

El encuentro no fue el de un amo con una criatura a la que pretendiera someter. El Barón comprendió inmediatamente que Tinnhak poseía su propia voluntad y que los gules no eran simples bestias. Formaban una comunidad unida a su reina y perseguida por cuantos conocían su existencia. Malefique le ofreció algo que nadie antes había podido ofrecerle: una tierra propia. Si Los Devotos conseguían expulsar a los españoles y hacerse con una parte del Rif, Tinnhak y su tribu dispondrían de un territorio donde podrían vivir sin ser perseguidos ni exterminados. A cambio, la Reina Gul pondría la fuerza de sus criaturas al servicio de Malefique mientras ambos compartieran enemigos. Tinnhak aceptó.


Así nació un pacto basado más en la necesidad que en la confianza. La Reina Gul buscaba un refugio para los suyos; Malefique necesitaba un ejército capaz de sembrar el terror y enfrentarse a enemigos que ningún hombre corriente podría combatir. Sus objetivos eran distintos, pero por el momento conducían en la misma dirección.

La llegada de los gules transformó definitivamente a la congregación del Barón. Los hechiceros y seguidores reunidos durante su viaje se mezclaron ahora con aquellas criaturas, dando forma a la fuerza que comenzaría a ser conocida como Los Devotos. Malefique ya no disponía únicamente de un culto. Tenía un ejército.

Su propósito era utilizar la Guerra del Rif para expulsar a España de una parte del territorio y establecer allí un auténtico reino vudú en el norte de África, protegido por hechiceros, fanáticos y la tribu de Tinnhak.

Pero el Rif nunca sería el final. Desde aquellas montañas, Malefique pretendía extender lentamente su influencia hacia el resto del continente. Allí donde hubiese guerras, rebeliones o pueblos enfrentados a las potencias coloniales, Los Devotos podrían encontrar nuevos aliados. Los cultos crecerían, los conocimientos prohibidos se propagarían y nuevas fuerzas se unirían a su causa. El sueño que su abuelo había intentado levantar en una iglesia perdida de Cuba renacía así, décadas después y a miles de kilómetros de distancia. Solo que esta vez Malefique no pensaba limitarse a liberar una isla. El Rif sería el primer territorio de un reino que algún día debía extenderse por toda África..