El Diario de Amaro Pargo

Diario del capitán
Yo, Amaro Rodríguez-Felipe y Tejera Machado, capitán del navío Nuestra Señora de Candelaria, Santo Domingo y San Vicente Ferrer, también conocido como “El Bravo”, dejo constancia en estas páginas de aquesta travesía en la que me veo embarcado junto a mi fiel contramaestre Juan Pedro Dujardín y toda mi tripulación. Sin embargo, el momento en el que nos encontramos ahora, es el desenlace de todos los acontecimientos de mi pasado que me han conducido a aquesta aventura.
Desde mis años de niño en La Laguna, siempre soñé con ser marino y aventurarme en la mar. Ya en 1703, comencé mi andadura en la Carrera de Indias como armador y capitán de “El Ave María y las Ánimas”. Después de muchas travesías como capitán independiente de diferentes barcos, decidí unirme a la Compañía de Honduras. Con la tutela de mi superior, Diego de Zárate y Murga, Marqués de Montesacro. Amparados por el patrocinio de Felipe V, fui nombrado capitán del Nuestra Señora de la Concepción con destino a Caracas. Estuve varios años al servicio de la Compañía de Honduras. Durante esos años fui capitán de muchos navíos y llevé en mis bodegas todo tipo de mercancias. En uno de estos viajes, incluso transportamos un grupo de esclavos desde las costas de África al Caribe. Recuerdo bien aquella singladura en 1710. No era algo habitual en la Compañía, y, si bien, no me pareció la actividad más provechosa, fue la singladura en la que conocí a Abebe, uno de mis
fieles criados a día de hoy y miembro de la tripulación de “El Bravo”.

Tras aquella travesía, llegó una nueva oportunidad de mano de la Corona. Los enemigos de nuestro Reino se multiplicaban por doquier y su majestad necesitaba hombres intrépidos y capaces para defender nuestros mares. Nombrado ya corsario a las órdenes de su Majestad comenzamos nuestra lucha contra el pérfi do inglés. Botín y gloria, qué más podría haber pedido. Estas eran las verdaderas aventuras que soñé en mi Canarias natal. Fue entonces cuando conocí a mi fi el amigo, Juan Pedro Dujardín y ambos nos embarcamos en “El Bravo”.

Sin embargo, parece que esta vida como corsario me ha granjeado la enemistad de algún que otro noble cobarde y pomposo que prefi ere esconderse tras las murallas de los puertos que combatir al enemigo en alta mar. El Gobernador Marcos de Bethencourt y Castro, henchido
de envidia y odio hacia mis éxitos, se empeña en hacer nuestra vida imposible. Tras intentar que le incluyerámos de balde en los benefi cios de nuestras travesías y capturas, sin arriesgar ni su fortuna ni su vida, anda azuzando a las autoridades y tratando de “acusarnos” de irregularidades en la apropiación de botines.
Hace unos meses, en nuestra travesía hacia Caracas, hallamos a un superviviente holandés de un barco llamado El Lieja. El sol y la sed le había hecho perder el juicio. Entre delirios hablaba de una isla que parecía llamarse La Isla del Loro, de un magnífi co tesoro escondido y de una maldición que pesaba sobre la tripulación de El Lieja, la cual, llevó al barco a naufragar en la Isla de la Anguila. Al llegar a puerto, descargamos nuestro cargamento de cacao y la parte del botín destinado a la Corona. Pero Bethencourt quería fi sgonear en nuestro barco. Era como si supiera de la existencia del holandés. Gracias a mis amigos de la Corte, he conseguido que no descubriera a mi nuevo pasajero y, por supuesto, que sus historias y delirios queden en secreto. Ahora que le hemos dejado a buen recuado en Tortuga, hasta que nosotros podamos encontrar su barco, nos dirijimos a la Isla de la Anguila, donde esperamos hallar alguna pista sobre el paradero de ese gran tesoro que podría ayudarme a volver a mi tierra con la gloria y la riqueza que siempre he soñado.
