El Origen de La Orden Thule

La creación de la Orden

La Orden Thule nació oficialmente en Múnich en 1918, durante los últimos meses de la Gran Guerra. Alemania se encontraba al borde del derrumbe. El frente se desmoronaba, el káiser estaba a punto de perder su trono y en las ciudades comenzaban a extenderse las revueltas que terminarían por destruir el viejo Imperio.

En aquel ambiente de derrota e incertidumbre, Rudolf von Sebottendorff reunió en torno a sí a miembros de la Germanenorden, aristócratas, antiguos militares, nacionalistas y estudiosos fascinados por las tradiciones germánicas. De aquellos círculos surgió la Thule-Gesellschaft, una sociedad que públicamente afirmaba dedicarse al estudio de la historia, los mitos y la antigüedad germánica.

Su principal centro de actividad fue Múnich. En los salones del Hotel Vier Jahreszeiten se celebraron algunas de sus reuniones más importantes, frecuentadas por una extraña mezcla de aristócratas, periodistas, intelectuales, aventureros y veteranos de guerra.

Entre aquel ambiente se movieron personajes como Karl Harrer, Dietrich Eckart, Gottfried Feder, Rudolf Hess o Hans Frank, hombres que años después tomarían caminos muy diferentes. Algunos estaban interesados en la política; otros, en las doctrinas nacionalistas y raciales que proliferaban en la Alemania derrotada. Y unos pocos buscaban algo completamente distinto.

Porque aquella era solamente la Thule que conocía el mundo.

 

Dentro de la sociedad comenzó a formarse un círculo mucho más reducido cuyos integrantes tomaban en serio algunas de las historias que los demás consideraban simples mitos. Para ellos, las leyendas sobre Thule, Hiperbórea, ciudades desaparecidas y pueblos anteriores a las grandes civilizaciones podían conservar recuerdos deformados de acontecimientos reales.

Comenzaron a buscar pruebas.

La Orden financió pequeñas excavaciones, compró manuscritos a anticuarios, estudió colecciones privadas y envió emisarios a monasterios, bibliotecas y yacimientos arqueológicos de toda Europa. Sebottendorff había pasado años en el Imperio otomano y conocía bien los ambientes esotéricos y las sociedades secretas. Entre los documentos reunidos durante sus viajes existían referencias a reliquias cuya descripción resultaba difícil de explicar mediante la arqueología convencional.

Objetos capaces de afectar a la voluntad de los hombres.

Puertas que solamente podían abrirse mediante determinados símbolos.
Lugares donde el espacio parecía comportarse de manera imposible.

La mayoría de los miembros de Thule consideraba aquellas historias simples alegorías.

Unos pocos decidieron comprobarlas.

El descubrimiento

La oportunidad llegó en 1919. Mientras Múnich se precipitaba hacia el caos de la revolución y la República Soviética de Baviera, varios miembros de Thule fueron detenidos y algunos terminaron ejecutados. Ante el peligro de que los archivos de la sociedad fueran confiscados, comenzó apresuradamente el traslado de documentos y objetos desde sus dependencias del Vier Jahreszeiten.

Durante aquel traslado apareció algo inesperado. Entre las pertenencias procedentes de los antiguos círculos de la Germanenorden había un manuscrito que nadie había considerado especialmente importante. Su autor describía una serie de símbolos encontrados en diferentes lugares de Europa, Asia y el norte de África. Culturas separadas por miles de kilómetros y cientos de años parecían haber representado exactamente los mismos signos.

El manuscrito proponía una explicación inquietante. Todas aquellas civilizaciones habían heredado fragmentos del conocimiento de otra cultura mucho más antigua.

Junto al documento se conservaba un pequeño fragmento de metal oscuro encontrado años atrás durante una expedición y catalogado simplemente como una curiosidad arqueológica. Nadie había conseguido determinar su procedencia ni explicar las extrañas marcas grabadas sobre su superficie.

 

Hasta que un hombre comprendió lo que tenía delante. Su nombre desapareció posteriormente de los archivos de Thule. Quizá él mismo se ocupó de borrarlo. Ni siquiera quienes llegarían a servir bajo sus órdenes sabrían con certeza quién había sido antes de aquel momento. Con el tiempo sería conocido únicamente como El Hierro Silente. Fue él quien descubrió que el objeto no era germánico. Ni romano. Ni egipcio. Ni pertenecía a ninguna civilización humana conocida. Y, de alguna manera, consiguió hacerlo funcionar.

Lo ocurrido aquella noche permanece entre los secretos mejor guardados de la Orden. Los pocos documentos que hablan del incidente mencionan luces en una habitación cerrada, instrumentos que dejaron de funcionar y varios hombres que aseguraron haber contemplado durante unos segundos un paisaje situado bajo un cielo que ninguno reconoció.

Después de aquello, El Hierro Silente llegó a una conclusión que cambiaría para siempre el destino de Thule: las leyendas eran ciertas. No todas, por supuesto. Siglos de superstición, religión y fantasía habían deformado los acontecimientos. Pero bajo muchas historias antiguas existían restos de una verdad olvidada. Aquella noche nació realmente la Orden Thule.

La Orden dentro de la Orden

La sociedad de Sebottendorff continuó existiendo públicamente. Sus miembros participaron en las convulsiones políticas de la Alemania de posguerra y algunos terminaron relacionados con movimientos que años después transformarían el país. Pero, detrás de aquella organización visible, El Hierro Silente comenzó a construir otra. Una Orden dentro de la Orden.

Sus miembros fueron escogidos entre arqueólogos, lingüistas, orientalistas, soldados, exploradores y ocultistas. Algunos procedían de la propia Thule-Gesellschaft. Otros jamás supieron que aquella sociedad había existido. El Hierro Silente impuso una doctrina sencilla: el conocimiento antiguo no debía ser contemplado. Debía ser utilizado. Cada mito podía esconder una pista. Cada reliquia podía ser una herramienta. Cada ruina podía ocultar una puerta.

La Orden dejó progresivamente de limitarse al estudio y comenzó a organizar auténticas expediciones. Sus agentes recorrieron Europa, Oriente Próximo y el norte de África buscando objetos mencionados en textos antiguos. Compraron piezas a coleccionistas, financiaron excavaciones clandestinas y, cuando fue necesario, robaron aquello que sus propietarios se negaban a vender. También comenzaron a aparecer los primeros muertos. Porque Thule no era la única organización que buscaba aquellos objetos..

La desaparición de Thule

Durante los años veinte, la Thule-Gesellschaft histórica fue perdiendo importancia. Sus miembros siguieron caminos diferentes, sus reuniones disminuyeron y el nombre de la sociedad comenzó lentamente a desaparecer.

Para El Hierro Silente aquello fue una bendición. Mientras el mundo pensaba que Thule estaba muriendo, la verdadera Orden estaba creciendo.

Los salones del Vier Jahreszeiten fueron sustituidos por refugios, almacenes y archivos secretos repartidos por Alemania y Austria. Antiguas propiedades aristocráticas sirvieron para ocultar las piezas recuperadas durante las expediciones. En sótanos de Múnich comenzaron a acumularse cajas procedentes de Escandinavia, Anatolia, Egipto, el Cáucaso y el norte de África. La organización desarrolló una red de investigadores encargados de comparar mitologías aparentemente inconexas. Y poco a poco apareció un patrón. El Hierro Silente comprendió entonces algo todavía más importante: Thule no era necesariamente un lugar.

Los antiguos griegos podían haber utilizado aquel nombre para describir solamente uno de los lugares relacionados con algo muchísimo mayor. Otros pueblos habían dado nombres diferentes a la misma realidad. Hiperbórea. La tierra de los dioses. Las ciudades anteriores al Diluvio. Los reinos situados más allá del mundo conocido.

Para la Orden, todas aquellas historias podían ser recuerdos fragmentarios de una época en la que los hombres habían tenido contacto con fuerzas y conocimientos que posteriormente fueron olvidados. Encontrar sus restos se convirtió en la verdadera misión de Thule.

El barón Von Frank Hassen

Fue durante aquella transformación cuando apareció uno de los agentes más extraordinarios de la organización.

El barón Von Frank Hassen pertenecía a la vieja aristocracia alemana y a una generación diferente de la de los primeros thulistas. Cuando entró en contacto con la Orden, las discusiones esotéricas del Vier Jahreszeiten pertenecían ya al pasado. Hassen tampoco era un erudito. Ni pretendía serlo.

Era aventurero, arrogante, extraordinariamente temerario y poseía una desconcertante capacidad para sobrevivir. Mientras los investigadores de Thule podían pasar meses estudiando cómo llegar hasta una reliquia, Hassen prefería atravesar una frontera con documentos falsos, sobornar al hombre adecuado y entrar por una ventana.

Precisamente por eso llamó la atención del Hierro Silente. La Orden necesitaba hombres capaces de convertir décadas de investigaciones en operaciones sobre el terreno. Hassen demostró ser excepcionalmente bueno haciéndolo.

Pronto comenzó a recibir misiones cada vez más importantes. Recorrió Europa y el Mediterráneo siguiendo las indicaciones de los archivos de Thule, entrando en tumbas, monasterios abandonados y excavaciones clandestinas. En ocasiones compraba los objetos. Otras veces los robaba. Y cuando ambas posibilidades fracasaban, encontraba métodos bastante menos elegantes.

La relación entre ambos hombres nunca fue sencilla. El Hierro Silente representaba la paciencia, el secreto y la disciplina absoluta. Hassen representaba exactamente lo contrario. Improvisaba, corría riesgos innecesarios y convertía operaciones cuidadosamente preparadas en persecuciones y tiroteos. Pero poseía una cualidad que compensaba casi todos sus defectos: regresaba.

Hombres más prudentes habían desaparecido en expediciones mucho menos peligrosas. Por eso El Hierro Silente continuó confiando en él, aunque tras alguno de sus fracasos dejó muy claro al barón que incluso su paciencia tenía límites.

El camino hacia España

Los mapas conservados en los archivos de Thule comenzaron a mostrar una concentración extraordinaria de referencias alrededor del Mediterráneo occidental. Especialmente en el norte de África y la península ibérica.

Aquello fascinó a los investigadores de la Orden. En aquellas tierras se habían sucedido culturas romanas, visigodas, islámicas, cristianas y judías, cada una construyendo literalmente sobre las ruinas de la anterior. Pero algunos símbolos eran mucho más antiguos que todas ellas.

Los investigadores encontraron referencias cruzadas entre documentos conservados en Alemania y antiguos manuscritos andalusíes. Todos parecían señalar hacia dos objetos relacionados entre sí. La Mano de la Alhambra. Y la Llave de la Alhambra.

Los criptógrafos de Thule llegaron a la conclusión de que no eran simples reliquias. Ambas piezas formaban parte de un mismo mecanismo. Una permitiría señalar, proteger o reclamar aquello que debía encontrarse. La otra permitiría abrirlo. No sabían qué.

Pero El Hierro Silente estaba decidido a descubrirlo. La misión condujo finalmente a la Orden hasta España y el norte de África, donde sus agentes comenzaron a cruzarse repetidamente con una organización que también perseguía fenómenos y objetos extraordinarios: la BRIAAP.

El elegido para dirigir las operaciones de Thule fue, inevitablemente, Von Frank Hassen. Lo que comenzó como la búsqueda de dos reliquias terminaría conduciendo al barón y al propio Hierro Silente hasta los Picos Gemelos. Allí, bajo la montaña, Thule encontraría algo mucho más importante que cualquier objeto. Encontrarían una puerta. Bueno realmente encontraron muchas...