El Tesoro
El tesoro de la Isla del Loro
Cuando los antepasados de la tribu llegaron a la Isla del Loro y descubrieron las cavernas que conducían hasta las ruinas de la ciudad sumergida, comprendieron que sus dioses no los habían guiado hasta aquel lugar únicamente para proporcionarles un refugio. Su llegada formaba parte de un pacto. La tribu debía mantener los antiguos ritos, alimentar mediante sacrificios a aquellos que habitaban bajo las aguas y conservar viva la llamada del Gran Durmiente. A cambio, el Padre de las Aguas y la Madre de las Mareas protegerían a su pueblo y les mostrarían, mediante sus dones, que el pacto seguía cumpliéndose.
La primera señal apareció algún tiempo después de que comenzaran los sacrificios en la laguna subterránea. Una mañana, los sacerdotes encontraron junto a sus aguas varias joyas y unas perlas de extraordinaria belleza que nadie había depositado allí. El chamán comprendió que eran una respuesta de las profundidades: sus ofrendas habían sido aceptadas. Desde entonces, tras determinados sacrificios y ceremonias, nuevos dones comenzaron a aparecer. Pequeñas piezas de oro, piedras preciosas y extrañas joyas surgían entre las rocas o eran encontradas en lugares donde la noche anterior no había nada. Pero por encima de todas ellas estaban las grandes perlas que aparecían junto a las aguas. La tribu las llamó las Lágrimas de la Madre de las Mareas.
No todas las Lágrimas eran iguales. Algunas eran blancas y perfectas; otras poseían tonos oscuros o extraños reflejos cuando se acercaban al fuego. Cada una de ellas era recibida como una bendición, porque demostraba que la Madre continuaba observando a la tribu y que los habitantes de las profundidades aceptaban sus sacrificios. Con los años, las riquezas fueron acumulándose. Después pasaron las décadas y finalmente las generaciones, y el tesoro creció hasta alcanzar unas dimensiones extraordinarias. Para un extranjero aquello representaría una fortuna inimaginable. Para la tribu tenía un significado completamente distinto: cuanto mayor era el tesoro, más tiempo llevaba cumpliéndose el pacto. Cada joya, cada pieza de oro y cada Lágrima de la Madre de las Mareas era la prueba material de la fidelidad de sus antepasados.
Entre todas aquellas riquezas existía, sin embargo, un objeto diferente. El Ídolo de la Llamada había sido encontrado en las propias ruinas de la ciudad sumergida. Era una pesada figura de oro que representaba al Gran Durmiente tal y como aparecía en las visiones de los chamanes. Sobre su superficie habían sido grabados extraños signos, posiciones de las estrellas y palabras cuyo significado solo conocían los sacerdotes. El oro con el que estaba fabricado carecía de importancia frente a su verdadera función: el Ídolo permitía realizar la Llamada.
Cuando las estrellas ocupaban la posición adecuada, el chamán llevaba el Ídolo hasta la laguna y comenzaba el ritual. Las víctimas eran sacrificadas ante él y su sangre derramada sobre la figura antes de alcanzar las aguas. Entonces se pronunciaban las antiguas palabras y la llamada atravesaba las profundidades para dirigirse hacia lugares mucho más lejanos. Si el ritual era aceptado, uno de los Descendientes de las Estrellas podía responder. Aquellos seres llegaban desde lugares que la tribu era incapaz de comprender para servir a los designios del Gran Durmiente. Por ello, aunque los extranjeros pudieran contemplarlo como la pieza más valiosa del tesoro, para la tribu el Ídolo jamás fue una riqueza: era uno de los objetos más sagrados de su culto.
Los dones entregados por las profundidades estaban además protegidos por el propio pacto. La tribu no podía manipularlos libremente. Para tocar el oro, trasladar las joyas o recoger las Lágrimas era necesario portar uno de los talismanes consagrados por el chamán. Aquellas pequeñas piezas, fabricadas con hueso, piedra, conchas o metal y grabadas con símbolos procedentes de la ciudad sumergida, identificaban a su portador como alguien sometido al pacto. Mientras llevara consigo uno de ellos, podía tocar y transportar el tesoro sin peligro.
Pero unas manos desprovistas de talismán no podían apropiarse de aquello que las profundidades habían entregado. Si un extranjero alcanzaba el santuario y trataba de tomar el tesoro sin portar uno de aquellos objetos, la protección del pacto se activaba inmediatamente. El oro perdía su brillo, las piedras preciosas se deshacían y las Lágrimas de la Madre de las Mareas desaparecían. En apenas unos instantes, las riquezas acumuladas durante generaciones se convertían ante sus ojos en una masa oscura y húmeda. Allí donde segundos antes había existido una fortuna solo quedaban montones de barro.
Pero el tesoro no sería destruido. En el mismo instante en que las riquezas se convirtieran en barro, el verdadero tesoro desaparecería de la isla y sería trasladado a otro lugar. El oro, las joyas, las Lágrimas y el propio Ídolo serían reclamados por las profundidades y reaparecerían en otra isla, junto a otra entrada de aquellas ciudades sumergidas que se extendían bajo los océanos. Para el ladrón solo quedaría el barro. Para la tribu, la transformación significaría algo mucho más grave: su refugio habría sido descubierto y el pacto acabaría de señalarles que habría llegado el momento de marcharse.
La tribu sabía desde antiguo que ninguna isla era su hogar para siempre. El lugar sagrado no era la tierra sobre la que levantaban sus chozas, sino aquello que existía debajo. La Isla del Loro era únicamente una de las muchas puertas por las que podía alcanzarse aquel mundo oculto bajo las aguas. Si el tesoro es trasladado, deben seguirlo.
Comenzaría entonces una nueva migración. El chamán buscaría en sus sueños las señales que indicasen dónde habrían reaparecido los dones. Observaría las estrellas, las corrientes y el vuelo de las aves hasta reconocer el camino señalado por sus dioses. La tribu recogería cuanto podía transportar, prepararía sus embarcaciones y abandonaría la isla en la que quizá sus antepasados hubieran vivido durante generaciones. Después volvería al mar, igual que habían hecho los primeros desterrados mucho tiempo atrás.
En algún lugar los esperaba otra isla y otra entrada hacia una ciudad sumergida.
Cuando finalmente la encontraran, allí estaría también el tesoro. No aparecería una nueva fortuna ni comenzaría de nuevo la cuenta. Sería el mismo tesoro, con las mismas Lágrimas, las mismas joyas y el mismo oro acumulado durante generaciones. La historia del pacto viajaba con ellos. La tribu levantaría entonces un nuevo santuario, recuperaría el Ídolo y reanudaría los sacrificios. Si las profundidades continuaban satisfechas, con el tiempo aparecería junto a las aguas una nueva Lágrima de la Madre de las Mareas. Después otra. Y más adelante nuevas joyas y nuevas piezas de oro se sumarían a las anteriores.
Así, generación tras generación, el tesoro sigue creciendo.
Por eso los ancianos enseñan que aquellas riquezas jamás deben contarse por su valor. Cada pieza representa tiempo. Cada Lágrima es una confirmación. Y el conjunto del tesoro es la prueba de cuánto tiempo llevaba respetándose el pacto entre la tribu y las profundidades.
