La Maldición de El Lieja

La maldición

Mucho antes de que el mapa de la Isla del Loro llegara a manos de Hendrik van der Decken, un pequeño grupo de marineros encontró accidentalmente aquella isla. Una tormenta había apartado su embarcación de las rutas conocidas y, después de varios días a merced de las corrientes, alcanzaron una tierra que no aparecía en ninguna de sus cartas. Lo que al principio parecía simplemente un lugar donde conseguir agua y reparar el barco pronto despertó su codicia. Descubrieron que los habitantes de la isla custodiaban extraordinarias riquezas: oro, joyas y enormes perlas acumuladas durante generaciones. No conocían el pacto ni comprendían que aquellas riquezas eran los Dones de las Profundidades. Solo vieron un tesoro.

Intentaron apoderarse de él, pero eran demasiado pocos. Los guerreros de la tribu los descubrieron y los rechazaron antes de que pudieran alcanzar las riquezas. Varios hombres murieron durante el enfrentamiento y los supervivientes apenas consiguieron llegar hasta su embarcación y escapar. Mientras se alejaban de la costa comprendieron que habían perdido una batalla, pero no necesariamente el tesoro. Ahora sabían que la isla existía. Podían regresar con más hombres, mejores armas y una nave preparada para someter a sus habitantes.

Durante el viaje de regreso comenzaron a reconstruir cuidadosamente el camino que los había llevado hasta allí. Recordaron las estrellas bajo las que habían navegado, las corrientes que habían seguido, los arrecifes que habían dejado atrás y las pequeñas islas que podían servir como referencia. Con todo ello confeccionaron un mapa capaz de conducirlos nuevamente hasta la Isla del Loro.

Pero mientras los supervivientes dibujaban su camino de regreso, en la isla los sacerdotes hacían algo muy diferente.

El chamán sabía que algunos extranjeros habían escapado. Sabía también que habían contemplado los Dones y que los hombres movidos por semejante codicia terminarían regresando. No necesitaba conocer dónde estaban ni qué planes estaban trazando. Bastaba con saber qué deseaban.

 

 

Los sacerdotes descendieron hasta la laguna y pidieron a las profundidades que protegieran el camino hacia su pueblo. Realizaron sacrificios y pronunciaron una condena dirigida contra los hombres que habían escapado: que ninguna cosa creada, escrita o conservada para conducirlos nuevamente hasta la isla pudiera hacerlo sin llevar consigo su perdición.

La maldición no necesitaba conocer el objeto. Debía alcanzar todo aquello que pudiera ayudarlos a regresar. Una carta de navegación, unas coordenadas anotadas en un cuaderno, las indicaciones escritas por un piloto o cualquier objeto confeccionado expresamente para conservar el camino hasta la isla quedaría contaminado por aquella condena.

Por eso, cuando los marineros terminaron de dibujar su mapa, la maldición encontró en él su recipiente perfecto. El pergamino contenía precisamente aquello contra lo que habían pronunciado los sacerdotes: el conocimiento necesario para regresar.

El mapa maldito

Los efectos no aparecieron inmediatamente. Los supervivientes continuaron su viaje convencidos de que habían conseguido lo verdaderamente importante. Habían perdido hombres y regresaban sin oro, pero poseían algo mucho más valioso: el camino.

Entonces comenzaron las sospechas. Uno temió que otro copiase el mapa y organizase su propia expedición. Otro empezó a pensar que el capitán pretendía quedarse con una parte mayor del futuro tesoro. Dos hombres que habían combatido juntos en la isla comenzaron a discutir acerca de quién había descubierto primero las riquezas y, por tanto, quién merecía una recompensa mayor.

La maldición no creaba sentimientos nuevos. Alimentaba los que ya existían. La codicia se transformaba en avaricia. Una pequeña duda se convertía en absoluta certeza. Un antiguo resentimiento, olvidado durante años, regresaba con una fuerza inexplicable. Cada hombre comenzaba a ver en sus compañeros a futuros rivales por unas riquezas que todavía estaban a cientos de millas de distancia.

Cuanto más pensaban en regresar, mayor era la influencia de la condena. Finalmente apareció la violencia. Los hombres que habían sobrevivido juntos a la Isla del Loro comenzaron a enfrentarse entre sí. Algunos murieron. Otros abandonaron el proyecto. Los supervivientes acabaron separándose y la expedición que debía regresar a la isla nunca llegó a organizarse.

Pero el mapa sobrevivió.

Pasó de unas manos a otras y con él viajó la maldición. Sus nuevos propietarios no necesitaban conocer a aquellos primeros marineros ni saber cómo había sido creado. Bastaba con que pretendieran utilizarlo para alcanzar la Isla del Loro. La protección de los sacerdotes seguía cumpliendo su cometido.

Con el paso de las décadas se olvidó quién había trazado originalmente aquel mapa. Solo permaneció la historia de una isla perdida y de una fortuna extraordinaria esperando a quien consiguiera encontrarla.

Mucho tiempo después, aquella carta terminó en manos de Estêvão Correia.

Y finalmente llegó hasta Hendrik van der Decken.

La última travesía de El Lieja

Hendrik llevaba años obsesionado con la Isla del Loro. Había reunido testimonios, perseguido rumores y derramado sangre para conseguir el mapa. Ni siquiera el robo cometido por Jack el Desorejado, que había conseguido arrancar un fragmento de la parte central del pergamino, logró detenerlo. El mapa estaba incompleto, pero Hendrik conservaba suficientes referencias para reconstruir la ruta y sabía hacia dónde debía navegar.

Así, El Lieja puso rumbo hacia la Isla del Loro.

La maldición encontró inmediatamente aquello que necesitaba.

Los primeros días transcurrieron sin incidentes. Después comenzaron las discusiones. Nada que no pudiera suceder durante cualquier travesía: una acusación por unas monedas desaparecidas, una pelea por una botella de ron, una orden del contramaestre considerada injusta. Pero los rencores no desaparecían al día siguiente. Crecían.

Los hombres comenzaron también a hablar del tesoro. Hendrik les había prometido riquezas, pero nadie sabía cuánto pensaba repartir realmente. Algunos empezaron a convencerse de que el capitán pretendía engañarlos. Otros sospechaban que los oficiales habían acordado quedarse con la mayor parte. Pronto hubo quienes pensaron que algunos compañeros conocían secretos sobre el mapa que ocultaban a los demás.

Cada sospecha encontraba otra que la alimentaba.

El mapa estaba haciendo con ellos exactamente lo que había hecho con sus creadores.

Los hombres que llevaban años navegando juntos comenzaron a observarse como enemigos. Las conversaciones se celebraban en voz baja. Aparecieron pequeños grupos dentro de la tripulación y cada uno estaba convencido de que los demás preparaban algo contra ellos. Algunos escondieron armas junto a sus hamacas. Otros comenzaron a dormir con un cuchillo en la mano.

Después apareció el primer muerto.

Nadie supo con certeza quién lo había matado. Aquello empeoró todavía más las cosas. Cada grupo acusó a otro y la muerte se convirtió en la prueba que todos necesitaban para confirmar sus sospechas.

A partir de entonces, El Lieja dejó de ser una tripulación.

Hendrik y su segundo

La maldición tampoco respetó al capitán.

La obsesión de Hendrik por encontrar la Isla del Loro llevaba años creciendo, y la condena encontró en ella un terreno perfecto. Empezó a convencerse de que sus propios hombres pretendían arrebatarle aquello por lo que había sacrificado tanto.

Pero sobre todos ellos comenzó a desconfiar de su segundo al mando.

Habían navegado juntos durante años. Precisamente por eso conocían demasiado bien sus defectos, sus ambiciones y sus secretos. Cada desacuerdo pasado regresó convertido en un agravio. Cada consejo que el segundo ofrecía al capitán parecía esconder una intención diferente. Hendrik terminó convencido de que preparaba un motín para apoderarse del mapa y alcanzar la isla sin él.

Su segundo, mientras tanto, llegó a una conclusión semejante: Hendrik había perdido la razón y acabaría sacrificando a toda la tripulación antes que renunciar al tesoro.

Una noche se enfrentaron en el camarote del capitán.

Nadie supo quién sacó primero el cuchillo.

Cuando algunos marineros consiguieron finalmente abrir la puerta, encontraron a Hendrik van der Decken y a su segundo tendidos en el suelo. Habían recibido numerosas cuchilladas y ambos conservaban todavía sus armas ensangrentadas.

Se habían matado mutuamente.

La muerte del capitán debería haber terminado con la expedición.

Pero para entonces ya no quedaba una tripulación capaz de tomar esa decisión.

 

El naufragio de la Isla de la Anguila

El Lieja continuó navegando sin un verdadero mando. Los supervivientes estaban divididos en grupos enfrentados y apenas obedecían las órdenes de los pocos oficiales que quedaban. Algunos querían continuar hacia la Isla del Loro. Otros exigían regresar. Había incluso quienes pretendían hacerse con el mapa y abandonar a los demás en cuanto encontraran tierra.

Las peleas continuaron.

Mientras los hombres se vigilaban entre sí, nadie vigilaba el mar.

Una tormenta sorprendió a El Lieja y terminó de condenar al barco. Con buena parte de su tripulación muerta o enfrentada y sin hombres suficientes para gobernarlo correctamente, el navío fue arrastrado fuera de su rumbo.

Cuando divisaron tierra ya era demasiado tarde.

Las corrientes empujaron a El Lieja hacia los arrecifes de la Isla de la Anguila. El casco golpeó violentamente contra las rocas y quedó abierto. Los mástiles cayeron, el agua comenzó a entrar y el barco terminó varado junto a la costa.

Algunos hombres murieron durante el naufragio.

Los que sobrevivieron tampoco encontraron la salvación.

La maldición continuaba entre ellos. Ni siquiera después de perder el barco y comprender que jamás llegarían al tesoro fueron capaces de abandonar sus rencores. Los supervivientes siguieron acusándose de lo ocurrido y las últimas disputas terminaron nuevamente en sangre.

Cuando finalmente el silencio cayó sobre el pecio de El Lieja, no quedaba nadie para contar lo sucedido.

 

Una tripulación que nunca abandonó su barco

Pero la maldición de la Isla del Loro todavía no había terminado.

Los hombres de El Lieja habían muerto consumidos por aquello que la condena había hecho crecer dentro de ellos: codicia, odio, miedo, resentimiento y deseo de venganza. Muchos habían asesinado a quienes hasta poco antes habían considerado hermanos. Otros habían muerto convencidos de haber sido traicionados. Sus almas no encontraron el camino hacia el otro mundo. Quedaron ligadas al naufragio.

Condenados a permanecer junto al barco en el que habían encontrado la muerte, incapaces de olvidar el odio con el que se habían asesinado. Los fantasmas de El Lieja no podían alejarse del naufragio. La misma maldición que había impedido a la tripulación alcanzar la Isla del Loro les negaba ahora la posibilidad de abandonar definitivamente el mundo de los vivos.

Y entre los restos del navío permanecía el mapa. La Isla del Loro había estado siempre fuera de su alcance. El Lieja jamás llegó a sus costas y ninguno de sus hombres puso las manos sobre sus riquezas. Siglos atrás, los sacerdotes habían pronunciado una condena para proteger el camino hacia su hogar: que todo aquello que pudiera conducir a los extranjeros de regreso hasta la isla llevase consigo su propia perdición.

El Lieja había intentado seguir ese camino. Y la maldición había cumplido su cometido.