La tribu y su culto

La tribu de la Isla del Loro

Nadie recuerda ya el verdadero nombre de aquellos que terminaron habitando la Isla del Loro. Sus antepasados procedían de tierras lejanas y pertenecieron en otro tiempo a un pueblo mucho mayor, pero fueron expulsados por mantener unas creencias que incluso los suyos consideraban impías. Adoraban a seres que, según sus sacerdotes, existían desde antes que los hombres y dormían en lugares donde jamás alcanzaba la luz del sol. No los consideraban demonios. Para ellos eran los Antiguos del Mar, poderes que habían habitado el mundo mucho antes de que los hombres aprendieran a navegar sobre sus aguas.

Por encima de todos se encontraba el Gran Durmiente, aquel que aguardaba bajo las aguas en una ciudad muerta. Los sacerdotes enseñaban que no estaba verdaderamente muerto, sino sumido en un sueño del que algún día despertaría. Sus sueños atravesaban las profundidades y alcanzaban la mente de determinados hombres, mostrándoles lugares que jamás habían visitado y estrellas que no podían verse desde la Tierra. Era el señor último de aquello que permanecía oculto bajo el océano, aunque rara vez se le invocaba directamente.

Más próximos a los hombres estaban el Padre de las Aguas y la Madre de las Mareas. El primero era señor de las criaturas que habitaban bajo el mar y protector de quienes entregaban su vida a las profundidades. La segunda era la gran madre, origen de innumerables generaciones nacidas entre las aguas. La tribu creía que de la unión y voluntad de ambos habían surgido los Hijos del Fondo, criaturas capaces de habitar tanto bajo el océano como sobre la tierra. Los sacerdotes afirmaban que algunos hombres especialmente favorecidos podían incluso mezclar su sangre con la de aquellos seres y que, con las generaciones, el mar terminaría reclamando a sus descendientes.

Aquellas creencias provocaron finalmente la condena de la tribu. Sus ceremonias se hicieron cada vez más crueles. Primero ofrecieron animales; después enemigos capturados y finalmente hombres y mujeres. Para ellos la sangre derramada no constituía un asesinato, sino un tributo a las aguas. Las víctimas eran entregadas al mar para alimentar el vínculo entre la tribu y aquellos que habitaban debajo.

Los demás pueblos terminaron volviéndose contra ellos. Sus lugares sagrados fueron destruidos y sus sacerdotes perseguidos. Ante la posibilidad de renunciar a sus dioses o abandonar sus tierras, escogieron el exilio. Familias enteras embarcaron llevando consigo sus objetos sagrados y todo aquello que pudieron transportar.

 El viaje de los desterrados

Durante semanas navegaron sin saber adónde se dirigían. Los sacerdotes aseguraban que el Padre de las Aguas mostraría el camino, pero las provisiones comenzaron a agotarse y muchos pensaron que sus dioses los habían abandonado. Entonces comenzaron los sueños.

El chamán soñó con una isla cubierta por una vegetación exuberante. Bajo ella había una enorme extensión de agua negra y, mucho más abajo, edificios hundidos que no habían sido construidos por hombres. Otros miembros de la tribu comenzaron a tener visiones semejantes. Siempre aparecía el mismo lugar y siempre escuchaban una llamada procedente de las profundidades.

Después llegó la tormenta. Durante días sus embarcaciones fueron arrastradas por un mar imposible de gobernar. Cuando finalmente las nubes desaparecieron, encontraron sobre ellos grandes bandadas de aves. Entre ellas había innumerables loros que volaban hacia el horizonte. Los sacerdotes ordenaron seguirlos.

Al otro lado encontraron tierra. La isla tenía agua, animales y vegetación suficiente para mantenerlos. Los árboles estaban cubiertos por aquellas aves que los habían guiado hasta allí. Los desterrados comprendieron que su peregrinación había terminado. Habían encontrado la Isla del Loro.

La ciudad bajo las aguas

No tardaron mucho en comprender que la isla ocultaba algo más. En su interior descubrieron cavernas que descendían profundamente bajo la roca. Las exploraron durante días hasta alcanzar una cámara gigantesca ocupada por una laguna de aguas oscuras.

En sus orillas encontraron piedras trabajadas.

No pertenecían a ningún pueblo conocido por ellos.

Había columnas partidas, escalones que desaparecían bajo las aguas y relieves erosionados que representaban criaturas semejantes a hombres pero provistas de rasgos propios de seres marinos. Algunos guerreros se sumergieron y regresaron contando que las construcciones continuaban bajo la laguna.

Había una ciudad allí abajo.

Los sacerdotes comprendieron inmediatamente el significado de los sueños. Aquella isla no había sido escogida al azar. Sus dioses los habían conducido hasta un lugar que ya había pertenecido a los Hijos del Fondo.

Desde entonces, las cavernas se convirtieron en el verdadero corazón de la tribu.

Los que responden desde las estrellas

Fue allí donde sus sacerdotes descubrieron que la llamada podía alcanzar lugares todavía más lejanos que las profundidades del océano.

Algunos de los antiguos símbolos encontrados junto a la laguna no hablaban del mar, sino del cielo. Describían determinadas posiciones de las estrellas y ceremonias que debían realizarse cuando estas ocupasen su lugar correcto. Los sacerdotes tardaron generaciones en comprender parte de aquellas enseñanzas.

Cuando finalmente realizaron el primer ritual, algo respondió. La tribu jamás dio un verdadero nombre a aquellas criaturas. Las llamaron los Descendientes de las Estrellas. Decían que eran fragmentos de una existencia mucho mayor, enviados desde lugares situados más allá del cielo para servir al Gran Durmiente.

No aparecían siempre. Podían transcurrir años sin que una ceremonia recibiese respuesta. Pero cuando las estrellas eran propicias, los sacrificios habían sido aceptados y la llamada se realizaba correctamente, algo descendía hasta la isla.

Para la tribu aquello constituía la mayor prueba de su fe. No comprendían qué eran aquellos seres. Tampoco necesitaban comprenderlo.

El culto de la Isla del Loro

Con el paso de las generaciones, los descendientes de aquellos exiliados olvidaron casi todo acerca de la tierra de la que procedían. La Isla del Loro se convirtió en su mundo, y las cavernas, en el centro de su existencia.

El chamán pasó a ser algo más que un sacerdote. Era quien interpretaba los sueños del Gran Durmiente, quien conocía los ritos dedicados al Padre de las Aguas y a la Madre de las Mareas, y quien decidía cuándo las ofrendas debían ser entregadas a los Hijos de las Profundidades. Solo él y unos pocos iniciados conocían las ceremonias mediante las cuales podía realizarse la llamada a los Descendientes de las Estrellas.

En el corazón de las cavernas se encontraba la laguna que comunicaba con las ruinas de la ciudad sumergida. Para la tribu, aquellas aguas eran una puerta hacia el dominio de sus dioses. De sus profundidades surgían los Hijos de las Profundidades, criaturas que habitaban las ciudades ocultas bajo el océano y que acudían hasta el santuario cuando las ofrendas eran aceptadas. La tribu les entregaba animales, cautivos y, en las ceremonias más importantes, sacrificios humanos. Algunas víctimas eran degolladas junto a las aguas; otras eran arrojadas vivas a la laguna y arrastradas hacia el fondo por aquello que acudía a recogerlas.

Pero los Hijos de las Profundidades no acudían únicamente para recibir. Fueron ellos quienes, en los primeros tiempos de la tribu en la isla, emergieron de la laguna portando el Ídolo de la Llamada y lo entregaron a los sacerdotes. El chamán comprendió que aquel objeto era la prueba de la alianza entre ambos pueblos y el instrumento mediante el cual, cuando las estrellas ocupasen su lugar correcto, podría llamarse a los Descendientes de las Estrellas.

Desde entonces, el pacto debía ser renovado periódicamente mediante grandes ceremonias. Durante ellas se multiplicaban las ofrendas y la sangre volvía a correr hasta las aguas. Si los ritos eran realizados correctamente y los habitantes de las profundidades aceptaban la renovación, los Hijos regresaban a la laguna llevando nuevos dones.

De las aguas surgían entonces el oro y las joyas, pero sobre todo las extraordinarias perlas que los sacerdotes llamaban las Lágrimas de la Madre de las Mareas. Aquellas riquezas no constituían un pago en el sentido que pudiera entender un extranjero. Eran la confirmación de que el pacto seguía vigente. Cada renovación aceptada añadía nuevos dones a los anteriores y, por ello, cuanto mayor era el tesoro acumulado en las cavernas, más antigua y duradera era la alianza entre la tribu y las profundidades.

El Ídolo, las Lágrimas y las riquezas eran así manifestaciones de una misma promesa. La tribu entregaba sangre y mantenía los antiguos ritos; los Hijos de las Profundidades protegían la alianza y traían los dones que demostraban que sus señores continuaban complacidos.

La tribu no temía aquello que habitaba debajo. Lo veneraba. Porque sus sacerdotes enseñaban que el mar existía antes que los hombres y seguiría existiendo mucho después de que estos desapareciesen. Algún día el Gran Durmiente despertaría, las ciudades ocultas volverían a levantarse y los Hijos de las Profundidades abandonarían definitivamente las aguas.

Hasta entonces, ellos tenían una misión. Mantener los antiguos ritos. Entregar las ofrendas. Renovar el pacto. Y esperar.