La Herencia del Odio
El sueño del abuelo
Mucho antes de que el nombre de Barón Malefique comenzara a pronunciarse con temor en los zocos del norte de África, otro hombre de su sangre había intentado levantar un reino gobernado por la magia.
En los últimos años del dominio español sobre Cuba, el abuelo de Esteban de la Caridad Montalvo era ya un poderoso brujo vudú. Para él, la guerra de los mambises no era únicamente una lucha por la independencia. Veía en el caos de la insurrección la oportunidad de expulsar definitivamente a los españoles y sustituir su autoridad por algo mucho más antiguo.
Su propósito era unir a los rebeldes mediante el miedo y la superstición, convertir la selva en territorio prohibido para las tropas coloniales y servirse de la magia oscura para crear un ejército que no temiera ni al dolor ni a la muerte. Los cadáveres de los caídos podían levantarse de nuevo; las bestias podían ser llamadas y sometidas; y los hombres podían doblegarse mediante el terror.
Una vieja iglesia abandonada entre la jungla y los manglares se convirtió en uno de los centros de sus rituales. Allí profanó el antiguo altar y comenzó a experimentar con los cuerpos de mambises muertos, devolviéndolos a una grotesca imitación de la vida. Incluso logró invocar a una gigantesca serpiente que utilizaba como guardiana del lugar.
Los rumores sobre muertos que caminaban y extrañas ceremonias terminaron llegando al ejército español.
Un joven cabo Enrique Martínez Albadalejo, acompañado únicamente por tres soldados, recibió la orden de investigar. Lo que debía ser una sencilla misión de reconocimiento terminó convirtiéndose en un enfrentamiento contra horrores que ninguno de ellos estaba preparado para comprender. Los mambises abatidos continuaban levantándose, la gran serpiente surgió de entre la vegetación y el propio brujo parecía dirigir a aquellas criaturas mediante una voluntad invisible.
Albadalejo comprendió que no podía vencer aquello siguiendo las reglas de una batalla convencional. La iglesia fue incendiada y las llamas acabaron con buena parte de las criaturas que la infestaban. Entre el humo, los disparos y los gritos, los españoles consiguieron finalmente reducir al hechicero.
El brujo fue capturado.
Con él desaparecía, al menos por el momento, el sueño de levantar en Cuba un territorio gobernado por la magia vudú.
Pero su derrota no puso fin a aquel sueño.
Solo lo convirtió en una herencia.
El odio de los Montalvo
En la familia Montalvo, la captura del viejo brujo nunca fue recordada como la derrota de un hechicero.
Fue una afrenta.
Con los años, la historia se transmitió de padres a hijos hasta convertirse casi en una leyenda familiar. Se hablaba del anciano como de un hombre que había estado a punto de liberar Cuba no solo del dominio español, sino también del mundo que los españoles representaban. Un mundo de iglesias, uniformes, leyes y ejércitos levantado sobre unas tierras donde, según los Montalvo, habían existido poderes mucho más antiguos.
Y siempre aparecía el mismo nombre al final de la historia: Albadalejo.
Para el pequeño Esteban de la Caridad Montalvo, aquel apellido fue durante años sinónimo de España.
Le contaron cómo aquel joven cabo había penetrado en la iglesia, cómo había destruido los rituales, cómo había prendido fuego al santuario y, sobre todo, cómo había capturado a su abuelo. Poco importaba cuánto hubiese de verdad y cuánto hubiese sido deformado por décadas de resentimiento. Para Esteban, Albadalejo era el hombre que había quebrado el destino de su familia.
Mientras crecía, supo también que aquel insignificante cabo no había desaparecido.
Había sobrevivido.
Había ascendido.
Y con el paso de los años se había convertido precisamente en aquello que Esteban más detestaba: un representante poderoso de la misma España contra la que había luchado su abuelo.
El odio dejó entonces de ser únicamente familiar.
Se volvió personal.
Esteban comenzó a considerar la derrota de su abuelo no como el final de una historia, sino como una obra inacabada. El viejo brujo había tenido razón en una cosa: un imperio podía ser combatido con armas, pero también con miedo, superstición y fuerzas que los ejércitos modernos apenas comprendían.
Su error había sido intentarlo en el lugar equivocado y demasiado pronto.
Esteban estaba decidido a no cometer la misma equivocación.
El Reino de Malefique
Cuando Esteban adoptó finalmente el nombre de Barón Malefique, comprendió cuál debía ser su verdadero propósito.
No quería simplemente vengar a su abuelo.
Quería terminar su obra.
Pero Cuba ya no era el lugar apropiado. El mundo había cambiado y Malefique necesitaba encontrar una tierra donde las fronteras fueran débiles, las autoridades estuvieran enfrentadas y una guerra pudiera ocultar el nacimiento de algo mucho mayor.
La encontró en el Rif.
El norte de África estaba desgarrado por la guerra. El ejército español intentaba conservar un territorio que apenas podía controlar; las tribus rifeñas combatían por su independencia; las montañas ofrecían refugios inaccesibles y, entre unos y otros, proliferaban contrabandistas, mercenarios, desertores y hombres dispuestos a servir a cualquiera que prometiese dinero, poder o venganza.
Para Malefique era el terreno perfecto.
Su abuelo había intentado utilizar la insurrección cubana para levantar un dominio vudú en el Caribe. Él haría exactamente lo mismo aprovechando la Guerra del Rif, pero a una escala mucho mayor.
Primero debía provocar la caída del dominio español sobre una parte del territorio. Después convertiría aquella región en un refugio para sus seguidores, hechiceros y criaturas: una tierra donde ninguna autoridad europea pudiera intervenir y donde Los Devotos dictasen sus propias leyes.
Un auténtico reino vudú en el norte de África.
Desde allí comenzaría la verdadera expansión.
Malefique no considera el Rif su destino final, sino únicamente la primera piedra de su proyecto. Las rutas comerciales y caravaneras permitirían extender su influencia hacia el interior; los puertos abrirían caminos hacia otras regiones del continente; y allí donde existiesen guerras, rebeliones o resentimiento contra las potencias coloniales encontraría hombres dispuestos a escuchar su mensaje.
No pretende conquistar África mediante grandes ejércitos.
Pretende infectarla.
Crear pequeños cultos. Ganar aliados. Entregar conocimientos prohibidos a quienes estén dispuestos a utilizarlos. Levantar muertos allí donde una guerra deje cadáveres suficientes. Convertir viejas supersticiones en armas y hacer que cada nueva revuelta abra la puerta a otra.
El Rif sería únicamente el comienzo.
Algún día, imagina Malefique, una cadena de territorios sometidos a sus Devotos se extenderá desde las costas del Mediterráneo hasta las regiones más profundas del continente. Un mundo donde los gobiernos europeos apenas se atrevan a entrar y donde las antiguas fuerzas vuelvan a ocupar el lugar que les corresponde.
Entonces habrá conseguido aquello que su abuelo no pudo lograr.
Y cuando ese día llegue, todavía quedará una última deuda.
Porque por grande que sea el reino que consiga levantar, para Esteban de la Caridad Montalvo la obra no estará completa mientras Enrique Martínez Albadalejo continúe con vida.